Capítulo tres: Una extraña en casa

By Teresa Dovalpage
Posted 7/11/19

La abuela de Marcela, Ramona, que se había establecido en Miami después de salir de Cuba, llega a Taos, quizá a vivir allí de forma permanente. Pero ella nunca se ha …

You have exceeded your story limit for this 30-day period.

Please log in to continue

Log in

Capítulo tres: Una extraña en casa

Posted

Resumen: La abuela de Marcela, Ramona, que se había establecido en Miami después de salir de Cuba, llega a Taos, quizá a vivir allí de forma permanente. Pero ella nunca se ha llevado bien con su hija. ¿Saldrán mejor las cosas esta vez? Luego, toda la familia le da la bienvenida a Ramona en el aeropuerto de Albuquerque, pero las primeras impresiones no son buenas. Marcela no se siente cómoda en presencia de la abuela y el sentimiento parece ser mutuo. Marcela piensa que se avecina un buen brete.

El viaje de regreso a Taos duraba, por lo general, dos horas y media, pero esta vez pasaron casi cuatro en la carretera. Tan pronto como salieron del aeropuerto, Ramona anunció, en español y de forma súper enfática, que se caía de hambre. Incluso si Marcela no hubiera sabido las palabras ("Tengo un hambre de ampanga"), habría entendido por las señas que les proporcionó la abuela, señalándose la panza y abriendo la boca grandota, llena de amarillentos dientecillos. Pararon en el Flying Star Café de Central Avenue y pidieron hamburguesas de queso con chile verde para todos y una hamburguesa regular para Ramona, que todavía no se hablaba de tú con el chile de Nuevo México.

Diez minutos después de llegar a la autopista hubo otra parada a fin de que Ramona se deshiciera de la hamburguesa medio digerida. Se detuvieron en la franja divisoria y Ana Cecilia permaneció con su madre hasta que ésta se sintió mejor. Marcela se quedó en el auto; quería ayudar, pero no sabía cómo. En total hicieron tres paradas más: en la tienda Whole Foods de Santa Fe porque Ramona necesitaba usar el baño; en Tesuque, porque se sentía mareada, y en Española sin razón aparente, según le pareció a Marcela.

Cuando al final llegaron a Taos, eran más de las nueve de la noche y Blueberry Hill estaba desierta. La luna llena de octubre iluminaba el camino de entrada a la casa como un foco potente. El aire helaba.

"Coño, qué frío hace," dijo Ramona.

"Coño" era una mala palabra que Ana Cecilia usaba con frecuencia. Marcela sabía lo que significaba "frío." Asumió que estaba la temperatura estaba demasiado baja para su abuela.

Chula empezó a ladrar en el patio trasero.

"¿Ah, pero tienen perros?" preguntó Ramona.

"Una pastora alemana," respondió Marcela con entusiasmo. "Muy cariñosa ella."

"Uff."

El padre abrió la puerta. Chula saltó sobre Marcela y le lamió la cara, luego fue hacia Ramona, que levantó una pierna con gesto amenazante.

"¡Saquen a ese animal de aquí!" gritó.

No llegó a patear a Chula --por suerte, porque la perra, que pesaba sus buenas 80 libras, no estaba acostumbrada a semejante tratamiento y podía habérselo tomado a mal. Pero la hizo sentirse feo. Para acabar de fastidiar las cosas, Ana Cecilia y su marido también le gritaron, aunque debían de haberse enojado con "la vieja," en opinión de Marcela.

Chula, con la cola por el suelo, corrió a la habitación de Marcela. La niña la siguió poco después.

"Ya no estoy tan segura de que tener una abuela en casa sea buena idea después de todo," le confió a Chula.

Lo último que pensó Marcela, antes de quedarse dormida, fue que lamentaba haberse perdido la reunión mensual del Club de Té.

Al día siguiente tuvo una conversación seria con Feloniz.

"Siempre es difícil cuando alguien llega a un lugar nuevo," dijo Feloniz. "Tu abuela no habla inglés y no conoce a nadie aquí, así que se siente como una extraña."

Feloniz sabía lo que era sentirse como una extraña. Cuando su padre estaba en la Fuerza Aérea, había vivido en tres países. No siempre había sido agradable.

"¿Pero por qué tiene que ponerse tan pesada?" le preguntó Marcela.

"Porque está asustada, esa. Habla con ella, pregúntale qué le gusta hacer. A la mayoría de las viejitas les gusta cocinar."

Marcela esperaba que fuera sí, pero no se atrevió a preguntar nada durante los primeros días. La presencia de la abuela había caído como una piedra en el lago tranquilo de sus vidas. Ana Cecilia andaba aceleradísima. Su marido se irritaba a menudo y pasaba más horas frente al televisor, como si quisiera meterse dentro de la pantalla. Más encima, a Ramona no le gustaba Taos. Le decía "intestino del mundo" y comparaba a la ciudad, desfavorablemente, con Miami y La Habana.

La chica no entendía qué pasaba con los adultos, pero se dada cuenta --como se daba cuenta el vecindario entero-- de que la madre y la abuela discutían todo el tiempo, incluso cuando no parecían estar discutiendo. Las dos hablaban alto, sí, pero había algo en sus voces que iba más allá del número de decibelios.

Marcela estaba harta de las peleas. Pero tenía miedo de intervenir cuando incluso su padre rehusaba meterse. ¿Qué podía hacer ella para traer paz a la familia? Entonces se acordó del consejo de Feloniz. ¡Claro, la cocina! Al fin y al cabo todos tenían que comer, ¿no? Algo con arroz, pensó con aire soñador. El arroz nunca faltaba en la mesa acompañado de pescado, carne de res, pollo o verduras. Marcela adoraba el arroz con pollo--cocinado con tomates, ajo, cebolla y azafrán y guarnecido con aceitunas y guisantes verdes. El congrí era otra combinación muy cuca: arroz y frijoles negros que se cocían con cilantro, cebollas, ajo, pimientos, y, por raro que pareciera, una cucharada de azúcar prieta.

Un día, a pesar de la actitud poco alentadora de Ramona, la chica se aventuró a preguntarle:

"Abuela, ¿cuál es tu plato cubano favorito? Necesito una buena receta para una presentación en clase."

Ramona dejó escapar un suspiro larguísimo antes de contestar.

La version de este cuento en inglés esta por la Página C5.

Comments


Private mode detected!

In order to read our site, please exit private/incognito mode or log in to continue.